Los pobres con espíritu y el consumo responsable

[Tenemos el gusto y el placer de presentaros a Diego, un chileno residente en Bilbo, que esporádicamente nos acercará sus reflexiones en torno al consumo responsable y otras cuestiones de interes.] Disfrutadlo!


Ignacio Ellacuría nació en Portugalete y muy joven comenzó a vivir en Centroamérica, donde desarrolló la mayor parte de su vida religiosa. Su compromiso con la causa de la paz en El Salvador lo situó en el centro de la guerra civil que azotó por años ese país, y su vida estuvo directamente amenazada durante más de diez años. En alguna oportunidad, debió salir de El Salvador por motivos de seguridad; en otras varias ocasiones su casa fue atacada por grupos armados de extrema derecha. Finalmente, fue asesinado en 1989, junto a Elba Julia Ramos, que trabajaba en la residencia de los religiosos jesuitas, a Celina, hija de Elba, y a cinco compañeros de comunidad que se encontraban en casa al momento del ataque. Aunque no sabemos mucho de su carácter, sí sabemos que recibió de su padre una formación severa, recia y austera. Alguna vez oí decir aquí en Bilbao que no era una persona fácil de abordar y podía parecer distante. Sin embargo, hay una situación vivida en El Salvador que tal vez lo retrata muy significativamente en el plano más humano. Cuenta Gabriel Otárola que “
tuvo tiempo para su gran afición al Athletic de Bilbao, al que seguía con pasión incluso cuando la realidad se tornaba más difícil. Es conocida la anécdota en que él y Jon Sobrino estaban escondidos en el campanario por una de las incursiones de la extrema derecha. Mientras sonaban disparos abajo, los dos escuchaban por la radio un partido del Athletic. En un momento dado, Sobrino exclamó: «No está todo perdido, acaba de marcar Noriega»”.

Ellacuría ha dejado un importante legado intelectual, en el terreno de la teología y la filosofía de la liberación. En un artículo suyo publicado en la obra colectiva Mysterium liberationis: conceptos fundamentales de la teología de la liberación (Trotta, Madrid, 1990), y que titula “Utopía y profetismo” desarrolla un argumento que podría inspirar una ética del desarrollo y del consumo. Tomando como premisa el imperativo categórico de Kant, conforme con el cual nuestras aspiraciones individuales se pueden considerar acordes con el principio de la moral en la medida en que puedan universalizarse racionalmente extendiéndolas a todo sujeto[1], Ellacuría concluye que la civilización de la riqueza que caracteriza a los países desarrollados incumple dicho imperativo categórico. En efecto, es bien sabido que la biosfera es un sistema finito al interior del cual la economía es un subsistema. Los modos en que la ciencia económica acostumbra afirmar que la economía opera en buenas condiciones se relacionan con indicadores cuya tendencia es al crecimiento exponencial del producto. Es decir, se trata de un subsistema que pretende su expansión al infinito. Tarde o temprano, los límites de la biosfera no pueden soportar esa expansión. Ya sabemos –se ha dicho tantas veces y de tantas maneras- que nuestro planeta no admite que su población actual, además en crecimiento constante a razón de noventa millones de habitantes al año al ritmo presente, tenga los niveles de consumo de un ciudadano inglés promedio de los años de la década de 1960. Incluso si los países desarrollados detuvieran sus niveles de consumo promedio en su estándar actual, éste ya no sería universalizable si de lo que se trata es de generar las condiciones para una justicia social internacional. Perseverar en considerar a los países desarrollados como modelo a imitar es insustentable ambientalmente y, en último término, se convierte en una pretensión inmoral.

Ellacuría propone, en oposición a la civilización de la riqueza inspirada en el economicismo materialista, una civilización de la pobreza fundada en un humanismo materialista, vale decir, orientada a la satisfacción de las necesidades básicas de toda la población mundial como piso mínimo. No se trata, por tanto, de una pobreza entendida como pauperización universal, sino de una nueva civilización inspirada en una espiritualidad que coloca por sobre la acumulación desigual de lo material, la lucha de los pobres con espíritu por salir de su situación de injusticia en solidaridad con otros pobres y con el conjunto de la humanidad, respetando las limitaciones que impone un entorno físico finito.

En suma, si el tipo de desarrollo de los países desarrollados no es imitable, ni universalizable y, por ende, no es deseable como criterio para la humanidad como conjunto, la discusión acerca del desarrollo de los grupos humanos pobres no es algo vinculado a grados de desarrollo desigual, sino más bien a estilos de desarrollo (y civilización) distintos de los que se han presentado hasta ahora como dignos de ser seguidos. Por lo tanto, la insustentabilidad ambiental del desarrollo económico tal como se lo entiende ahora, y la exigencia moral de universalización de los tipos de desarrollo que se propagan en lo sucesivo, van a implicar tanto para los pobres como para los ricos –incluso para los pobres dentro de las regiones ricas, así como para los ricos dentro de las regiones pobres- un esfuerzo no sólo de distribución más equitativa de la riqueza, sino nuevas formas de comportamiento económico como productores y consumidores, y un nuevo tipo de expectativas de bienestar –y por lo mismo, un nuevo tipo de exigencias a la publicidad- que otorguen prioridad a la sustentabilidad y universalización de esos comportamientos. Notoriamente, esta sencilla consecuencia de la aplicación del imperativo categórico de Kant a las cuestiones del desarrollo, la distribución de la riqueza y la relación con nuestro medio ambiente finito, se ofrece a los educadores por un consumo responsable como un árbol que da buena sombra al momento de proponer una espiritualidad y una ética económica y también cívica. Valga también como recuerdo de Ignacio Ellacuría, nacido en Portugalete, hincha del Athletic y que regaló su vida en la convulsa Centroamérica.

Bilbao, 11 de julio de 2008
Diego García Monge


[1] Dice Kant “Obra de tal modo, que la máxima de tu voluntad pueda valer siempre, al mismo tiempo, como principio de una legislación universal”.

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