Comprar por comprar, cambiar por cambiar

Acabo de leer un articulo de Juan Carlos Zubieta publicado en El Diario Montañes (Vocento). A mi me ha gustado, a ver que os parece a vosotras:

Llevo varias semanas con un término en la cabeza: austeridad. Y, en consecuencia, también tengo presente su antónimo: despilfarro. Las dos palabras-conceptos me hacen reflexionar sobre mil aspectos de lo que observo a mi alrededor: en mi vida, en la vida que llevamos casi todos, y en las consecuencias del modelo de sociedad que hemos creado. Permítanme que comparta con ustedes algunos de esos pensamientos.


En la prensa que he leído el fin de semana tres titulares y frases sueltas me hacen dar vueltas a esas palabras que me obsesionan: “Producción limpia y consumo responsable” (Amanda López. El Diario Montañés). “El futuro del empleo es una combinación de lo nuevo y lo conocido” (Salvador Aragón. El Diario Montañés). La tercera información alude al cambio tecnológico, más concretamente a los programas informáticos de la empresa Microsoft; el titular dice: «Las empresas se resisten a dejar la versión XP para pasar a Vista» (Ángel Méndez, en El País).

Consumimos como posesos. Queremos comprarlo todo, tenerlo todo, aunque muchas veces no sabemos qué vamos a hacer con lo que adquirimos. Sí, la compra compulsiva se ha instalado en nuestro cerebro. No se trata de unos pocos casos excepcionales, la patología se ha generalizado. Muchas veces, con toda naturalidad, decimos: «Voy de tiendas» o «He estado de compras», admitiendo con el tono y con una sonrisa que hemos ido a adquirir objetos superfluos, que hemos ido a comprar por comprar. Los que se dedican a la Educación para el Consumo enseñan que antes de ir al centro comercial deberíamos hacer una lista con nuestras necesidades y atenernos a esa referencia. Es decir, se trata de no dejarnos seducir por los cantos de sirena de la publicidad, de las promociones, ofertas y rebajas; del encantamiento que provocan las luces, y de la magia de “lo nuevo”. ¿No le ha pasado a usted que al llegar a casa se ha dado cuenta de que ha comprado más de lo que tenía previsto? ¿No ha comprobado que acumula camisas, libros o artefactos que luego no utiliza?

Cuando no sabemos qué hacer vamos de compras; consumimos para tratar de animarnos, para procurar tener una buena cara cuando hace mal tiempo. La insatisfacción nos empuja a tratar de encontrar la felicidad en una nueva camisa, pero, habitualmente, comprobamos que la posesión de ese nuevo objeto no nos satisface, que sólo disminuye el saldo de la cuenta corriente (y reconocemos que, en el fondo, sabíamos que eso iba a suceder), y, habitualmente, sentimos desencanto y un mayor vacío: hemos desperdiciado dinero y tiempo, y nuestros problemas son los mismos.

El esquema-guión de la sociedad capitalista de consumo de masas es conocido: el consumo es condición para la producción, para la creación de empleo y para el beneficio; por tanto, hay que hacer posible que la gente consuma: con 400 euros y con la promesa de la felicidad que nos hace el anuncio (sí, ya sé que entre el consumo superfluo y el consumo necesario hay mucha distancia). La consecuencia de este modelo es el despilfarro, la pérdida del sentido y, en muchos casos, la depredación de recursos escasos.

Si se admite lo anterior, parece claro que tendríamos que cambiar de modelo de sociedad; y, para ello, es fundamental cambiar nuestros comportamientos cotidianos, que se basan en nuestras actitudes y valores; es decir, habría que comenzar por cambiar nuestra vida. G. Lipovetsky, cuando habla de la ‘Sociedad de hiperconsumo’, dice: «No habrá esperanza de una vida mejor si no se somete a crítica el imaginario de la satisfacción total e inmediata, si se queda en el simple fetichismo del crecimiento de las necesidades comercializadas».

Pero el despilfarro, el consumo sin sentido, no sólo lo podemos ver en muchos de nuestros comportamientos cotidianos, también lo observamos en acciones de la administración. Así, cualquiera puede comprobar que, contradiciéndose, las mismas autoridades que dicen a los ciudadanos que cuiden el consumo del agua, de la energía y que contribuyan a reciclar el papel y otros materiales, despilfarran recursos en medidas sin sentido y en productos superfluos; así, es fácil observar iluminaciones excesivas, pérdidas en conducciones de agua, equipamientos urbanos inútiles, servicios sin contenido y sin demanda, planes que se quedan en un cajón, publicaciones y folletos de propaganda que permanecen en su propio embalaje o van directamente a la basura porque a nadie les interesa, cursos, cursillos y seminarios que sólo sirven para entretener a unos, que ganen dinero otros y que ciertos altos cargos justifiquen su puesto.

Por supuesto, la lista de despilfarros que pueden señalarse es mucho más larga.

En las noticias citadas al principio se aludía a lo nuevo y a lo antiguo. Es algo sobre lo que deberíamos pensar con frecuencia. En contra de lo que nos quiere hacer creer la publicidad, ‘nuevo’ no significa ‘mejor’, ni ‘viejo’ o ‘antiguo’ o ‘conocido’ quiere decir ‘peor’. Hay productos ‘nuevos’ que no aportan nada y, también objetos antiguos y comportamientos, actitudes y valores de nuestros mayores que tienen mucho más valor que los actuales. ¿No es algo evidente? El imperio informático nos quiere obligar a que cambiemos el programa de nuestros ordenadores, para que así gastemos más dinero en su “nuevo” producto. Y, lógicamente, los muchos que se benefician de ese negocio tratan de convencernos de que ese cambio será maravilloso para nosotros; así lo procuran: los propietarios y empleados directos de la industria en cuestión, el sistema productivo y comercial periférico, los técnicos y expertos que poseen el conocimiento del nuevo sistema y que, por tanto, basan su poder y estatus en nuestro desconocimiento, y los que viven o justifican su puesto haciendo creer que promueven el cambio para mejorar las condiciones laborales de trabajadores y empleados o, de forma más general, la vida de todos los ciudadanos. ¿No le ha ocurrido a usted que ha tenido que cambiar de procesador de textos, cuando apenas manejaba un 20% de las posibilidades del antiguo, y ha comprobado que el ‘nuevo’ no sólo no le aporta nada si no que encima le complica la existencia? Nos venden, y compramos, un coche con prestaciones que sólo utilizan los que se dedican a las carreras. Cambiamos de televisor por uno con posibilidades que jamás utilizaremos (ni necesitamos mucho de lo que nos ofrecen, ni sabemos usarlas: ¿es usted capaz de entender el libro de instrucciones del aparato de música?). Como explica J. Picó, en el capitalismo multinacional, la obsolescencia de los productos está planificada.

Hacen con nosotros como al burro con la zanahoria. Corremos detrás del nuevo producto y cuando apenas lo rozamos nos ponen otro más lejos, para que sigamos corriendo. El problema es que, en lugar de dar vueltas y más vueltas para sacar agua del pozo, lo que logra el sistema de consumo es que perdamos el sentido de nuestra vida.

Sí, vamos por la autopista y llegamos antes al destino, pero hemos perdido la oportunidad del ver el paisaje y cuando termina el viaje comprobamos que el punto de llegada es prácticamente igual que el de partida. Por cierto, alguien me dijo en una ocasión que el problema del “Jet lag” (los trastornos producidos por el desfase horario cuando se realiza un vuelo intercontinental) se explica no por una alteración fisiológica sino por que el alma tarda más que el cuerpo en llegar al destino. ¿No es una bonita metáfora para subrayar las consecuencias de las prisas?

Coda. Opino que hay que poner más austeridad en nuestras vidas. El término parece antiguo, pero alude a un valor importante. Por si acaso, recuerdo lo que indica el diccionario de uso del español de María Moliner. «Austero»: «Aplicado a personas y a sus costumbres, reducido a lo necesario y apartado de lo superfluo». Por su parte, el diccionario de sinónimos y antónimos señala, entre los primeros, a: sobrio, moderado, mesurado y ahorrativo; y entre los segundos a los términos: despilfarrador y desenfrenado. Queremos comprarlo todo, tenerlo todo, aunque muchas veces no sabemos qué vamos a hacer con lo que adquirimos.

Killkeny

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2 Respuestas a “Comprar por comprar, cambiar por cambiar

  1. Estoy totalmente de acuerdo con tu reflexión amigo. Creo verdaderamente que la austeridad puede, y en efecto, logra cambios y mejoras importantes en nosotrxs mismxs y en la sociedad en general. Desde luego es el camino…

    Por eso debemos cambiar los roles de la sociedad que, como tú bien dices, aprueban las actitudes y los comentarios tales como “estuve de compras” o “me voy de tiendas”. Cada vez que oigamos ese tipo de actitudes, abrir una profunda reflexión sobre las consecuencias negativas (y la ausencia de consecuencias positivas) de tal acto. Lo habitual es que, con todos los respetos del mundo, la persona en cuestión se ofenda con nosotros, pero eso indicará realmente que toma en serio lo que le dijimos y que se siente afectada.

    También se podría añadir el matiz en este asunto de que el consumo se basa en la insatisfacción y la infelicidad para crear la necesidad de seguir comprando más y más. No quedaremos saciados jamás mediante el consumo de bienes, el camino de la felicidad apunta hacia el otro lado.

    Un abrazo y enhorabuena por tu artículo.

  2. Vaya, perdona mi confusión, veo que el artículo lo has publicado de otra página.

    Cambiaré entonces el “enhorabuena por tu artículo” por “muchas gracias por la información, un artículo muy bueno”.

    Saludos…

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