Facultades Vs Publicidad

Pasaba por la entrada de la Facultad de Bellas Artes y vi un stand (ver foto) de la marca de chicles y caramelos Mentos. Ayudadas de una mesita auxiliar unas chicas sonrientes se encargaban de repartir estos caramelos a toda persona que pasara, y proponían participar en un sorteo de un portátil a cambio de posar delante de dicho stand. Ellas mismas se encargaban de sacar la foto, premiando la más original.

A mí me dio la sensación de que nadie pensó que estuviera fuera de lugar que una empresa se promocionase en la facultad. De hecho, aseguraría que a casi todo el mundo le parecía bien que esa promoción se estuviera haciendo… al fin y al cabo, ¡regalaban caramelos!

Pero a mí me pareció insultante que una empresa privada utilizase el espacio público de nuestra facultad para sus fines comerciales, con el consiguiente permiso de la administración competente (conversación pendiente) y con la aprobación de muchos de los estudiantes allí presentes.

Se estima que diariamente soportamos una media de 3000 impactos publicitarios, una cifra impresionante que parece imponerse como una norma inalterable. Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos somos víctimas de tal bombardeo de muy diversas formas. Todo ello propicia un estado de aletargamiento que imposibilita que identifiquemos con claridad el impacto publicitario y en consecuencia lo asimilamos como parte del paisaje.

Al mismo tiempo, las agencias y empresas publicitarias tratan de abrirse camino en cualquier espacio con un amplio abanico de estrategias y soportes. Al parecer no importa el cómo, siempre y cuando se llegue al firme objetivo de introducir la marca y el mensaje de turno. Esta tendencia pone de manifiesto la permisibilidad y cobertura de las instituciones públicas y el poder publicitario que pone en peligro el uso y disfrute del espacio público respecto del privado. La publicidad se extiende cada vez más, devorando espacios que nunca antes habían sido invadidos, y nos devuelve la mirada, ofreciendonos un paisaje agresivo, artificial y saturado.

En el caso de las universidades, debería asegurarse el bienestar del alumnado dando un portazo a la intromisión a la que tan acostumbrados estamos.

Deberíamos saber que las universidades no nacieron ni con máquinas expendedoras de Coca-Cola, ni con chocolatinas de Nestlé… Así pues tampoco entendamos como normal que nuestros espacios sirvan de escenario para campañas de cualquier producto. Y es que el día de mañana no me extrañaría nada que las clases de dibujo y pintura las patrocinara alguna conocida marca de papel, robando 5 minutos al profesor para mostrar su maravilloso producto…

Lo normal y lo justo debería ser que la libertad individual no se viera truncada por los fines privados y la generosidad institucional. Para ello deberíamos hacer llegar nuestro mensaje de oposición, llamando a las cosas por su nombre y reivindicar nuestros espacios que parecen formar parte de una larga lista de derechos olvidados.

Luther Blisset

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